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Con los huevos de corbata

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Foto AFP

Soberbia, ambición desmedida, sed de poder, robo a cara descubierta, saqueo a las instituciones, corrupción, desprecio a sus conciudadanos…en fin, una lista interminable de cualidades que definen a una buena parte de miembros de la clase política a la que escuchamos nombrar como casta.

Después del recuento de votos, que deja visible el fraccionamiento del panorama político y con ello la consecuente obligación de pactos para alcanzar la gobernabilidad, las últimas elecciones autonómicas y municipales abren un panorama que, si los nuevos candidatos saben aprovechar, puede dar paso a un cambio profundo, que llevará mucho tiempo, pero que será necesario para el legrado que necesita nuestra sociedad, nuestras instituciones: eliminar el cáncer de la corrupción endógena, el tumor del clientelismo político, el parásito del nepotismo y la gangrena de la desigualdad social.
Los dinosaurios políticos están desesperados. Los yonquis del poder y el dinero fácil se niegan a pasar por el sindrome de abstinencia obligado por las urnas. No les interesa la voz del pueblo, quieren transar con quien sea y al precio que sea para perpetuarse en el poder, para seguir practicando felaciones a los mandamases de la banca, del IBEX35, a los verdaderos poderosos, a cambio de puertas giratorias que les lleven al país del nuncajamásdelosjamases.

¡Qué hostia! ¡Qué hostia! Es que el tortazo fue imprevisto. Cuando uno se cree intocable, invencible, inalcanzable, borracho de poder y corrupción, es imposible ver los leñazos que se vienen.

Desesperaditos están, y no han perdido tiempo para echar espuma por la boca, para fustigar coletazos diabólicos, u ofrecer espejitos de colores a diestra y siniestra, en un intento de perpetuarse en un trono que creen propio por el derecho de pernada que han practicado durante años cercenando derechos  fundamentales y libertades.
No hay más que verles desencajados, desquiciados, perturbados, trastornados, buscando algún resquicio de ley que aún les sirva para alcanzar su objetivo. Y si no lo hay, se lo inventan. Y si no, el miedo, ése nunca falla. Y ahí van, con sus caras jalogüinescas, metiendo miedo a los pobres españolitos, buuuuu…buuuuu…que España será Venezuela…buuuu…buuuu… que Manuela es ETA…buuuuu…buuuuu…que son una amenaza para la democracia…¡que la única salvación es seguir como estamos, joder, que no lo queréis entender!¡buuuuu!

Y en un dislate absoluto, provistos de insensatez y necedad en grandes dosis, sin reparar en el ridículo obsceno en el que se han convertido, los escuchamos ahora pedir acuerdos de estado con quienes comparten antigüedad en el cortijo, ofreciéndoles -tal es su modo de entender la política- alcaldías o hasta su propio trasero hediondo si con eso frenaran el avance de fuerzas nuevas que intentan recomponer aquello que los malolientes iguanodontes han destrozado.

No es un tiempo fácil, pero cuando se ha tocado fondo, ya nada mete miedo. Al contrario, creo que la fuerza del débil doblega a los poderosos, a los soberbios, a los iguanodontes de cabeza grande pero cerebro pequeño.

Nos tocará recoger los pedazos desperdigados de lo que dejen estos depredadores del sistema, si es que dejan algo, porque ya deben estar desapareciendo archivos, documentos y pruebas de su catastrófica gestión.

Desaparecerán estas marionetas, pero quedan detrás los orcos del sistema, los verdaderos artífices de la monstruosa crisis y a esos será más difícil extirparlos. Pero paso a paso. Todo a su tiempo. Empecemos por abrir las ventanas de los ayuntamientos y que se renueve el aire, que huele a podrido. Y celebremos porque están asustados, con los huevos de corbata.

 

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