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¿Cuánta importancia le das a tu privacidad?

Por DHR, sociólogawww.lalupaweb.com-privacidad4

En su ensayo “La pérdida de la privacidad”  el escritor y filósofo italiano Umberto Eco sostiene que este concepto ha ido cambiando a lo largo del tiempo. En los términos más llanos, asumimos que “privacidad” significa que todos tienen el derecho a proceder con sus propios asuntos sin que alguien más —en particular dependencias ligadas a centros de poder— se entere al respecto. Durante las asambleas del ´68 los estudiantes tenían la costumbre de cubrir su identidad y aún hoy en día sigue existiendo un deseo por proteger la identidad de las personas, por ejemplo, aquellas que llaman por teléfono a un programa de tv o de radio.

¿Quiénes son los que exigen la defensa de la discreción? ¿Cuántos son los que invocan este derecho?

Una de las grandes tragedias de la sociedad de masas, de la sociedad de la prensa, de la televisión y de internet es la renuncia voluntaria a la privacidad. La máxima renuncia a la privacidad es el exhibicionismo. Según el autor, el cotilleo, válvula de escape de la sociedad, se ha ido transformado con el paso del tiempo.

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El cotilleo clásico, el que se hacía en el pueblo, en l a portería o en la taberna era un elemento de cohesión social. El cotilleo clásico nunca se refería a personas sanas, afortunadas y felices, sino que versaba sobre defectos o errores ajenos, solo funcionaba si la víctima no estaba presente e ignoraba su condición. Tras la escandalera, el rumor se hacía público. La víctima se exponía al ridículo o a la condena social y los verdugos ya no tenían materia para el cotilleo”.

La primera aparición de lo que llamamos un cotilleo moderno se produjo con la prensa: los lectores de estas publicaciones no pedían la verdad, lo único que pedían era justamente entretenimiento. Con el tiempo, en una segunda fase,  la televisión pasó a ser protagonista: aquí ya no cotilleaban los verdugos sobre sus víctimas sino que eran las propias víctimas las que se prestaban a hablar de sí mismas y “conquistar” de algún modo el status del político o del actor. Ya no hay víctimas de murmuración, ni secretos que ocultar, lo que vale es la exposición pública.

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El cotilleo ha perdido su naturaleza de válvula de escape social para convertirse en exhibición inútil.

Hay algo peor, la exposición pública del que antes llamábamos el tonto del pueblo y para el que Eco utiliza un eufemismo: el insipiente del pueblo, aquel individuo que poco dotado por la madre naturaleza tanto en sentido físico como intelectual, frecuentaba las tabernas del pueblo y sus paisanos le pagaban la bebida para que se emborrachara y actuara de forma impropia, ahora hay un insipiente moderno, de la aldea global televisiva, que no responde al tipo de persona media, sino que está por debajo de ésta. Se le invita a los “talk shows” precisamente porque es insipiente. El insipiente televisivo puede triunfar bajándose los pantalones delante de las cámaras si fuera necesario. La sociedad no protege al insipiente televisivo sino que lo anima a exhibirse como lo hacían antes con las mujeres barbudas y los enanos.

Lo que le preocupa al autor no es tanto la desprotección que sufra este insipiente por parte de los televidentes, sino que éste, una vez enlaza su aparición en la pantalla, se convierte en un modelo universal. Si se ha exhibido él, cualquiera puede hacerlo. La exhibición del insipiente convence al público de que nada, ni siquiera la desgracia más vergonzosa tiene derecho a permanecer oculto, y que exhibir la propia deformidad recompensa.

 

 

Un fenómeno análogo se está produciendo también en internet. A menudo la creación de una página obedece tan solo al deseo de exhibir la propia normalidad. En casos como estos se trata de una renuncia voluntaria a la privacidad, algo que nos debería conducir a una indiferencia compasiva.

Muchas personas en la vida cotidiana también hacen renuncia voluntaria a la privacidad, por ejemplo, cuando hablan en voz alta por el teléfono móvil, discuten en el tren, en el restaurante y no les interesa que la gente se entere de sus asuntos privados.

Es precisamente el comportamiento de los exhibicionistas el que nos indica que el asalto a la privacidad puede convertirse no solo en un crimen, sino también en un auténtico cáncer social. Y lo que hay que hacer a todo esto es educar a los niños para evitarles el ejemplo corrupto de sus padres. Se trata de un círculo vicioso. El asalto a la privacidad hace que todos nos acostumbremos a su desaparición.

“La gente se va convirtiendo en exhibicionista porque aprende que ya no hay nada que pueda ser privado, y si ya no hay nada privado tampoco ninguna conducta puede ser ya escandalosa.”

Para Umberto Eco la defensa de la privacidad no es solo un problema jurídico, sino moral, antropológico y cultural. Si las acciones hablan con mayor fuerza que las palabras, parecería que la privacidad no tiene tanta importancia para nosotros. Tendremos que aprender a elaborar, difundir y premiar una nueva educación de la intimidad, educar en el respeto a nuestra propia privacidad y la de los demás, “el respeto laico de la intimidad ajena”.

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