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El jardín vertical

www.lalupaweb.com-el-jardin-verticalHay ocasiones en las que poner en palabras aquello que sentimos es ineludible, más aún cuando las modernas mordazas opresoras quieren, inútilmente, cerrar bocas, callar voces, atar manos, impedir manifestaciones, paralizar redes sociales.

Siempre hubo quienes, valiéndose de un cargo público, desde un lugar de poder o en nombre de los valores humanos, éticos o morales, trabajaron denodadamente por sus intereses personales, a conciencia, con premeditación y alevosía, valiéndose de artimañas y mentiras y sin la menor empatía hacia quienes representan. Pero en los últimos años los farsantes se han vuelto descarados, insolentes e indolentes, fríos; malversando, desvalijando,  saqueando, pisoteando todo aquello que costó años de intensa lucha conseguir, hasta arrancar la dignidad.

Todo esto revuelve estómagos, desata furias contenidas, estalla en las plazas de los pueblos, provoca indignación. La fuerza que cobra en España la palabra indignado desde mayo de 2011 hace que en muchos sectores produzca escozor y se vuelva una “mala palabra”.

Hace aproximadamente un mes se publicó la novela de Alejandro López Andrada (Córdoba, 1957) El jardín vertical, la novela de un indignado, de Editorial Trifaldi, una novela ambientada en la España actual, lacerada por una crisis endémica, los recortes y el paro;  machacada en la piel de sus habitantes, que se ven obligados a aceptar una precariedad laboral a fuerza de subsistir como sea.

En ella Daniel, su protagonista, un hombre de mediana edad que nos transporta atinadamente a la España que lo vio nacer, pierde su empleo en la residencia de ancianos en la que trabajaba; esta situación conlleva otras complicaciones: el deterioro de su relación de pareja, su posterior separación, los enfrentamientos con amigos, la acritud de su carácter que sin embargo se dulcifica al mostrar su cariz solidario y humano, al ayudar a cuanto necesitado se acerque a su lado, como Pamuk, venido desde la India en busca de una vida mejor.

A pesar de su destemplada vida, tiznada por una inestabilidad psicológica, Daniel no pierde de vista sus ideales y el sentido del bien común y se aferra al, quizás, único faro que supo guiarle en su vida y al que recurre cada vez que siente que pierde el norte: su abuelo, presente con sus ideales y con la educación que buenamente supo darle, hasta que, una vez llegado Daniel a Madrid, sus tíos lo tomaron a su cargo.

Otro personaje que resulta finalmente crucial en la vida de Daniel es Bernabé, un anciano enfermo de un cáncer terminal que se sincera con él de forma reveladora.

Todos estos ingredientes, en el contexto de un país demolido social y éticamente, cegado por la corrupción política y arrasado económica y financieramente, conforman para Alejandro López Andrada el cóctel necesario para dar forma a  una defensa  de la libertad, los derechos y la dignidad humana; quizás uno de tantos gritos indignados en esta sociedad enferma y oprimida, a modo de rescate de ese poco de cordura que aún nos queda antes de caer en la enajenación a la que nos quieren someter.

Aunque envuelta en un lenguaje poético, que al principio -no lo niego- me descolocó pues no lograba encajarlo con un tema tan crudo como el que narra,  la novela se vale de este recurso del autor para referir de una manera menos cruda o dolorosa los acontecimientos que llevan al protagonista a tomar una decisión que no conoceremos hasta el final. La poderosa atracción que ejerce en el lector la incógnita que solo se desvela al final y la identificación del mismo con los personajes, constituyen dos de sus puntos fuertes. Todos, de una u otra manera, estamos alli.

El jardín vertical, una lectura recomendable que, a pesar del silencio de los grandes medios corporativos y de los aguijones molestos que intentan amedrentar, quizás tenga mayor acogida entre los lectores de esta diluida clase media que se rehúsa a la enajenación de sus derechos: desahuciados, preferentistas, parados,  precarios, amordazados. Pruebas al canto: ya ha agotado su primera edición en menos de un mes.

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