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El mate

MUCHACHO PASANDO EL MATE A SU AMIGA A ORILLA DEL RIO, EN UNO DE LOS NUMEROSOS CANALES DEL DELTA DEL RIO PARANA, DIQUE LUJAN, PROVINCIA DE BUENOS AIRES, ARGENTINA (PHOTO © MARCO GUOLI - ALL RIGHTS RESERVED)

Cuando supe que mi viaje a España era definitivo quise llevarme en la mochila todo aquello que me había hecho feliz -porque era lo único que me llevaría-. Imágenes, olores, abrazos, lugares, colores, rostros, palabras, todo eso lo llevaba en la memoria del corazón. No podría cargar con mucho más aparte de lo estrictamente necesario, así que creí que algo simbólico de Argentina, algo como la música y los libros, podría acercarme en un instante al lugar del que salí. Sin dudarlo un momento, el mate.

El mío, el nuestro, el que usábamos a diario, ya estaba feúcho, viejo, había vivido muchas batallas, no iba a llevar eso, así que decidí renovarlo. Era una forma y una necesidad de marcar un antes y un después también en ese gesto cotidiano, vida nueva, mate nuevo. Y así empecé a buscar: mates de calabaza, mates de calle Florida, más “cool”, mates forrados de cuero con la cruz pampa, mates de madera de árboles típicos de mi tierra, los tengo de ñandubay, de algarrobo, de caldén, de palo santo, de quebracho, mates bocones, redonditos, más pulidos y lustrosos, otros más rústicos, más estilizados, en fin. Así fui armando una especie de colección de mates -por llamarlo de alguna manera porque en realidad las colecciones son egoístas, solo pertenecen a una persona que te dice “se mira y no se toca”-. Sin embargo, mis mates tenían camino propio, muchos se quedaron conmigo, pero otros siguieron viaje. Cada vez que algún amigo turista pasaba unos días en casa le regalábamos un mate, para que se acordara de nosotros, para que tuviera algo nuestro y ahí se fueron a Hungría, a otras partes de España, hasta creo que mis hijos en alguna ocasión se llevaron alguno para regalar.
El mate tiene un poco de sus dueños, esconde secretos, recoge palabras, cuenta historias familiares, guarda palabras de amor, ayuda a aclarar ideas o tomar decisiones, evoca recuerdos, respeta el tiempo de hablar de cada uno y también es compañía en momentos de soledad. El nuestro es muy sencillo, muy nuestro, regordete, panzón, de madera, de buena madera como nosotros, con una armadura de aluminio para sentirse fuerte ante la mala pata, de boca ancha para hablar claro, y con la capacidad de transmitir la calidez necesaria.
Sin duda el mate es un símbolo más que reconocido de nuestra argentinidad, la que llevo grabada a fuego, bañada en lágrimas, radiante de alegría, levemente nostálgica, vivamente presente, incomprensiblemente amada, lejos de cualquier patrioterismo.

¡Araca, corazón… callate un poco y escuchá, por favor, este chamuyo!

Va un fragmento más que conocido de “Más respeto que soy tu madre”, novela de Hernán Casciari.
En el Día Nacional del Mate.
«El mate no es una bebida, mis queridos lectores de otros pueblos. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida. En Argentina nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse. El mate es exactamente lo contrario que la televisión. Te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo. Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres. Entre mujeres charlatanas y chismosas, entre hombres serios o inmaduros. Entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan. Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara. Peronistas y gorilas ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno. Este es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. Nada de pantalones largos o circuncisión. Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos. Sin nadie. No es casualidad; no es porque sí. El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es porque descubrió que tiene alma».

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