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Hagiografía de un proxeneta. La hipocresía del sistema patriarcal.

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La muerte de una persona siempre es dolorosa para su familia y allegados y el cariño puede que les active la memoria selectiva y recuerden solo lo bueno, es lógico; pero ¿es cierta esa frase que dice que todos los muertos son buenos? Quiero decir, pareciera que la muerte nos depura de tal manera que ya no se ven los puntos oscuros de los que hasta ayer éramos objeto. Con todo el respeto que merece la memoria de los muertos de cada uno para cada uno, pienso que la muerte no puede ser un antídoto contra la memoria. Sobre todo si se trata de un personaje público. Lo cortés no quita lo valiente.
Me da risa (con perdón) la cantidad de frases hechas y comentarios benévolos que se disparan a raíz de la muerte de un personaje popular o medianamente conocido: era tan bueno, siempre me gustó su música, nunca te olvidaré, eras el más grande, qué día más triste. Y así se desgranan cual rosario de jaculatorias uno tras otro los comentarios en las redes sociales.
Recuerdo hace poco cuando murió Prince que alguien dijo “ahora van a salir cantidad de fanáticos hasta debajo de las piedras” y así fue, no había nadie que no “sufriera” la muerte de este archiconocido compositor del que yo me atreví a reconocer públicamente que ni siquiera me sonaba su famosísimo Purple rain. Lo siento.
Ayer murió en Argentina un artista popular, un personaje simpático, un cantante de cumbia argentina del que solo conozco un tema que se popularizó de tal manera que no había boda o fiesta en la que no sonara. No voy a discutir la calidad musical del personaje en cuestión porque no me corresponde a mí hacerlo, no tengo autoridad para ello, solo puedo hablar de gustos musicales y ya sabemos que sobre gustos…
Las hagiografías que sobre él se desgranan desde ayer no tocan ni tangencialmente unos hechos que fueron parte de su identidad y que por lo tanto no se pueden borrar, nos guste o no. Proxeneta confeso, secuestrador y golpeador de mujeres, Pocho La Pantera alardeó de su actividad relacionada con el delito de trata en una entrevista que roza la apología. La entrevista es de hace siete años. Ahí quedó. Lo justificó como un ingenuo pecado de juventud (“¡Era tan joven…!”). Tan naturalizado está todo que pasó como una anécdota simpática de un tipo simpático que simpáticamente se volcó al evangelismo.
Este estereotipo machista que la hipocresía del sistema patriarcal reafirma de manera cómplice cada vez que ayuda a mantener en el tiempo el comportamiento ofensivo, la práctica normalizada de actitudes, de palabras, de hechos, no será eterno. Las arenas movedizas sobre las que nos encontramos de pie son las del sistema patriarcal que no viene determinado y quizás pueda llegar a su fin y ser sustituido, digo, por uno más igualitario, más justo. Para que se acaben de una vez las “normales” hagiografías de proxenetas, por ejemplo. Para que se acaben los días de lucha contra la violencia de género. Para que se acabe el #NiUnaMenos.

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