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Lo sabían y dejaron que ocurriera. Spotlight.

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Fui a ver Spotlight. La espectativa era alta, estaba frente a la ganadora del Oscar y por lo tanto tenía que ser una peli muy buena.

En una época en la que estamos más acostumbrados a la forma que al fondo; una cinta de formato austero, sin efectos especiales, sin super héroes, sin acción, sin siquiera una historia romántica o de superación, debía tener otros pilares en qué basarse. Y los tiene. Por un lado, la potente historia real que cuenta. La de la investigación llevada a cabo por unos reporteros de esos que llaman de raza del Boston Globe que decidieron meterse de lleno en las denuncias de abusos dentro de la Iglesia Católica. Un trabajo periodístico que fue premiado en 2003 con el Premio Pulitzer al servicio público y que sacudió a toda una ciudad, Boston, que descubrió así décadas de encubrimiento político y religioso. Por otro lado, el reparto. Spotlight, que debe su nombre a la sección del Boston Globe a la que pertenecían los reporteros que llevaron a cabo la investigación, cuenta en sus filas con Mark Ruffalo, Michael Keaton, Rachel McAdams, Liev Schreiber y Stanley Tucci, por mencionar a los rostros más conocidos y valorados. Por último, la dirección y el guión de Thomas McCarthy. Creo que en estos aspectos no defrauda y son esas categorías las que motivan el Oscar a Mejor Película.

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El tema de la película y el tema de la investigación periodística que llevan a cabo los protagonistas se abren ante mí como dos vertientes que corren a lados opuestos: por un lado, los periodistas en  la búsqueda de la verdad sin medias tintas, sin romanticismo; el trabajo con gran esfuerzo, sin heroísmos; la tenacidad de saber que se está luchando por los derechos civiles desde un periódico local contra la más grande de las instituciones sociales, políticas y religiosas. Por otro lado, el poder de esa institución, la Iglesia, que calla bocas, adormece conciencias, encubre desde las altas esferas, apacienta rebaños en una ciudad de mayoría católica. Marty Baron (Liv Schreiber) deja claro a sus redactores dónde poner la mira, ‘la gran historia no está en los curas, como individuos, está en la institución; práctica y política, hay que apuntar contra los males del sistema’.

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Los hechos reales que narra son suficientemente duros como para que me sintiera interesada y emocionalmente afectada. No sólo cuenta cómo unos cuantos sacerdotes de Boston estaban implicados en casos de abusos y violación de menores, sino que se demostró que sus superiores lo único que hicieron fue encubrirlos y poner obstáculos. De hecho el cardenal Bernard Law, principal responsable de encubrir el atroz y sistemático abuso de menores cometido por numerosos sacerdotes católicos de la arquidiócesis de Boston a inicios de este siglo, fue trasladado a Roma y nombrado arcipreste de la Basílica de Santa María la Mayor por Juan Pablo II. Y ahí sigue. Y tiene más influencia desde Roma que desde Boston. Y este es el ‘castigo’ que recibieron casi todos, no solo en Boston, en el mundo entero, ante casos como los que aquí se plantean: quitarlo del candelero, retirarlo a una alejada casa de retiros, declararlo enfermo, en fin, todos conocemos estas justificaciones. Mientras tanto, muchas de las miles de víctimas siguen reclamando justicia. ‘¡Lo sabían y dejaron que ocurriera! Mike Rezendes (Mark Ruffalo)
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Precisamente Spotlight me plantea incómodos interrogantes para quienes estamos o estuvimos alrededor de las víctimas y los criminales (las autoridades, los medios de comunicación, los feligreses, la sociedad en general): ¿Cuál es nuestro grado de complicidad? ¿Cuánto callamos? ¿Cuánto podemos hacer y no hacemos? “Se necesita todo un pueblo para educar a un niño, pero también todo un pueblo para abusar de él”, le dice Mitch Garabedian (Stanley Tucci), el abogado de las víctimas, al reportero Michael Rezendes (Mark Ruffalo), resumiendo en esa frase lapidaria el oscuro juego de lealtades –por conveniencia, por fe ciega, por sumisión, por miedo- que buena parte de la comunidad mantiene con la Iglesia Católica, convirtiéndola en un ente intocable que pareciera no tener que rendir cuentas a la justicia humana.


Los cuestionamientos morales no dejaron de azotarme durante la proyección, recordando dónde estaba yo en aquellos años, y no hablo de Boston, sino de mi propia diócesis, repasando rápidamente la experiencia religiosa que puede ser alienante y ‘ser el suspiro de la criatura agobiada’: ¿cuándo veríamos el elefante que teníamos metido dentro de la habitación, y con una gran cruz colgada al cuello, para más detalles? 

Esto es más que la crítica de una película, se está convirtiendo en una catarsis de ideas y emociones que se expresan desordenadas porque surgen a borbotones liberando experiencias vitales profundas que rompieron en la incomodidad de la butaca al final, en los créditos, cuando en letras blancas escritas sobre negro se da cuenta del efecto que ha tenido esta investigación y  un enorme número de arquidiócesis de todo el mundo se vieron salpicadas por casos de pederastia, imposible de leer dada la cantidad y la velocidad a la que pasaban una tras otra las pantallas, tantas eran las diócesis corruptas por este escándalo. Pero hice el esfuerzo visual y lo busqué… y lo encontré: el nombre de mi pueblo estaba en la pantalla y no pude más que interpelarme: ‘¡Lo sabían y dejaron que ocurriera!

Una película que nos sacude en tiempos de tweets para volver a las cosas bien hechas a fuego lento,  artesanalmente, que confirma que si bien no todas las obras pueden ser maestras, algunas son absolutamente necesarias.

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