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¿Sabes qué es la regla de los 10 minutos?

www.lalupaweb.com-10-minutosEl equilibrio entre los deberes útiles o aburridos.

Pocas veces encuentro padres que consideren que sus hijos están haciendo pocos deberes. Más bien al contrario, sobrecargan a sus niños de tareas extraescolares porque aún sobrevuela la idea de que cantidad equivale a calidad. Es cierto que vivimos en una época en la que está terriblemente valorado el exceso de información, pero no debería ser así con los niños, en pleno desarrollo y formación. No hay más que leer el odioso Informe PISA que sostiene que estudiar más tiene una relación directa con los buenos resultados académicos hasta que se superan las cuatro horas semanales. A partir de ese punto, el tiempo extra comienza a tener un efecto negativo en el rendimiento. Y si queremos volver a citar el éxito de Finlandia en este campo, no hay más que echarle un vistazo a la exigua cantidad de deberes que llevan sus niños a casa.

Hay  un artículo interesante del periodista Héctor Barnés en la sección “Alma, corazón y vida” de El Confidencial, en el que apunta algunas notas interesantes que iremos desgranando. “El número de horas que los estudiantes de un centro invierten en sus deberes no suele tener una gran relación con el éxito de un colegio”. En realidad los exámenes estandarizados (que pretende vendernos como la panacea el ministro Wert), han aumentado la carga de trabajo y  han aumentado los efectos negativos: frustración, cansancio, falta de tiempo para el ocio y otras actividades y falta de interés por aprender, en un niño que quiere terminar sus deberes y ve que ese final no llega nunca, lo sobrepasa y se cansa. Los efectos negativos afectan también a la familia, que muchas veces se ve volcada a terminar tareas de sus hijos con el solo fin de que el trabajo esté hecho, sin importar si el niño internalizó el aprendizaje.

¿Cuánto hay de exagerado en estas observaciones? No soy especialista en el tema, soy maestra, madre y abuela, y eso me da una praxis abundante y mi propia teoría al respecto, pero no estoy tan errada. Barnés en su artículo recurre a otras voces, como la del  profesor Harris Cooper, de la Universidad de Duke, que en 1989 publicó Homework, una síntesis de todo su trabajo de investigación, para descubrir que esta reflexión sobre la cantidad de deberes que se realizan en casa no es nada nuevo. “En dicho trabajo  ya anunciaba lo que ha pasado a conocerse como la regla de los 10 minutos, y que consiste en multiplicar por 10 el número del curso en el que se encuentran los pequeños. De esa manera, los niños de primero tendrían 10 minutos, los de  segundo tendrían un tope de 20 minutos, los de tercero, 30. Así, hasta un máximo de dos horas diarias en los últimos años de instituto (Harris Cooper, The Battle Over Homework, segunda edición, pág. 26).”

También puso de manifiesto que los niños pequeños sacan mucho menos partido a su tiempo de estudio que los adolescentes, que pueden permitirse pasar más horas hincando los codos. ¿Por qué? En parte, porque se distraen más fácilmente. También, porque sus costumbres en el estudio son peores. Y, finalmente, porque en muchos casos los deberes de los más pequeños no tienen como objetivo aprender una materia o reforzar conocimiento, sino simplemente ayudarles a crear buenos hábitos. “Los chicos se queman”, explicaba Cooper. “Todos los niños deberían estudiar, pero la cantidad y el tipo debería variar según el nivel de desarrollo y la circunstancias en casa”.

www.lalupaweb.com-10-minutos4Hoy deberíamos encontrarle un propósito claro a los deberes. ¿Con qué frecuencia deberían ser asignados? ¿Dónde está la línea entre demasiado y demasiado poco? Hay un interesante post de un profesor neoyorquino, Brian Sztabink, que reconoce que su propio sobrino puede pasar dos horas haciendo deberes, aunque de todo ese tiempo tan sólo se aproveche la mitad.

Barnés señala que el profesor propone cinco preguntas que a él le han ayudado a la hora de proponer deberes para que sean lo suficientemente equilibrados como para que sirvan de algo a los alumnos, que no se rellenen a toda prisa porque hay mucho más que hacer, que consoliden el conocimiento y, además, ayuden a que los pequeños empiecen a gestionar su propio tiempo. “Como recuerda Sztabink, una carga de trabajo razonable y bien medida es la mejor manera de que los pequeños puedan empezar a establecer sus propios horarios.

 

  1. ¿Cuánto tiempo les llevará completarlo?

Buscar el justo medio, ni tan corto como para que resulte extremadamente fácil, ni tan largo como para que resulte aburrido. No sólo cada alumno empleará un tiempo diferente para hacer los ejercicios –lo que a uno le puede llevar diez minutos, al otro le puede costar media hora–, sino que también puede ocurrir que, al no haber medido bien o al querer abarcar demasiado, estemos condenando a los pequeños a pasar toda la tarde sentados al escritorio. O todo lo contrario, que se ventilen nuestra asignatura en un par de minutos para pasar a otra asignatura más exigente.

En otro artículo, Sztabink recomienda dividir en tres categorías los ejercicios: los rápidos, que se pueden resolver en 10 minutos; las preguntas para pensar, que no son tan mecánicas y pueden llegar a la media hora; y los ejercicios de pensamiento prolongado, que obliga a que los estudiantes consulten otras fuentes y utilicen su inventiva.

2. ¿Has tenido en cuenta a todos los alumnos?

Debemos pensar en aquellos estudiantes que pueden haber tenido dificultades para entender contenidos previos, y que quizá les lleve más tiempo que a ningún otro resolver las preguntas que hemos planteado. Es probable que también haya otros alumnos que tarden menos que la media en hacer los deberes. No hay que limitarse a pensar en el chico promedio.

3. ¿Los deberes ayudarán a que lo hagan mejor en el futuro?

La función del trabajo en casa no es, desde luego, tener entretenidos a los pequeños para que no den mucho la lata. Aun así, no todos los deberes tienen como objetivo aprender un contenido: también pueden servir para que aprendan a trabajar en grupo, para potenciar otras habilidades transversales (lectura, idiomas) o, simplemente, para que ganen confianza en sí mismos. No hay nada más dañino que unos deberes que haga que los alumnos se sientan inseguros, inútiles, o que, simplemente parezcan encargados para pasar el rato.

 

  1. ¿Los deberes ponen lo aprendido en un contexto distinto al de la clase?

Uno de los rasgos definitorios del trabajo en casa es que sea eficaz cuando el aprendizaje en clase se transfiere más allá de las paredes de la escuela. Éste debe favorecer ciertas cualidades que no se pueden explotar en clase, como el trabajo en solitario, la reflexión o la búsqueda de información. Además, es el momento idóneo para trasladar los conocimientos abstractos a la realidad cotidiana del niño: ¿cuánto mide tu habitación? ¿Cuál es el libro preferido de tus padres? ¿Qué árboles puedes encontrar en tu camino a casa? ¿Puedes realizar un mapa de tu barrio?

5. ¿Los estudiantes son capaces de salir de un atasco?

Una de las situaciones más frustrantes para un alumno es darse cuenta de que carece de las herramientas necesarias para solucionar los ejercicios, puesto que así sólo conseguiremos que se sienta inútil (aunque la falta de información haya sido culpa del profesor). El docente debe garantizar que todos sus estudiantes pueden alcanzar la respuesta por ellos mismos, ya que él no estará presente, y proporcionar los recursos suficientes para conducirlos por el camino indicado hacia la solución. Y de esta manera evitar que sean los padres los que realicen la tarea solo para “llevar los deberes hechos”.

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Creo que son muchos los padres que afrontan con pánico los deberes de sus hijos porque creen que deben poder ayudarlos a realizarlos y no saben (matemáticas e inglés son dos problemas recurrentes). Creo que la función de los padres debe ser favorecer el clima de trabajo y estudio, ayudarlos a crear unas rutinas adecuadas, sólo orientarlos en la medida de lo posible y si no pueden completar un ejercicio, siempre animarlos a que expliquen sus dudas a su profesor para que éste los ayude. Si el niño va al cole con un ejercicio sin hacer es que no lo ha entendido, entonces no puede pasar al tema siguiente. Y no debería haber ningún problema ni para el niño, ni para el padre, ni para el maestro, que al día siguiente llegue al cole con un ejercicio sin terminar porque no ha sabido hacerlo. Es una buena vara de medir una cantidad de variables.

 

Y, para finalizar, entender que, como decía el enorme maestro Paulo Freire, el conocimiento no se transmite, se «está construyendo»:  el  acto  educativo  no  consiste  en  una transmisión de  conocimientos, es el goce de la construcción de un mundo común. “Es necesario desarrollar una pedagogía de la pregunta. Siempre estamos escuchando una pedagogía de la respuesta. Los profesores contestan a preguntas que los alumnos no han hecho”.

 

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