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Todo lo que me enseñó mi abuelo: una experiencia enriquecedora en mi vida

Pocas cosas me hacían más feliz que ir a ver a mi abuelo después de desayunar. Cuando era pequeña lo más normal del mundo era ver su biblioteca repleta de libros; sus cajas de fotos familiares; su cuarto de revelado de fotografía, un rincón lleno de misterio al principio pero que luego fue lugar de aprendizaje; su cajón lleno de chirimbolos y cachivaches útiles, donde había desde lápices, reglas, escuadras, tornillos hasta lo que fuera necesario. No olvido las voces de mamá o de mi tía cuando, al preguntarles si había en casa, por ejemplo, cinta aislante de determinado color que me habían pedido en la escuela, y ellas me remitían al cajón del abuelo, –seguro que él lo tiene-, y así era, no había nada que el abuelo no tuviera; si no lo tenía, lo fabricaba. Y sus bolsillos llenos de caramelos, dispuestos al asalto por sorpresa de las manos de sus nietos o de cualquier niño que estuviera cerca; era su modo de malcriarnos, algo contra lo que mi madre poco pudo luchar, y que le costó más de un enfado a mi padre: -¡que se les van a picar los dientes!-, decía. Pero el abuelo no hacía caso, ése era su ámbito, innegociable; su rol de abuelo lo cumplía a la perfección, con creces.

Ya adulta, durante mis estudios de maestra y a punto de terminar mi carrera, el proyecto final de la  asignatura  Metodología requirió la intervención del abuelo. Consistía en una caja de madera o cartón resistente con el material didáctico necesario para una maestra de niños pequeños, según el método Montessori, pero con una condición: todos los elementos debían ser hechos por nosotros mismos. Entre los elementos requeridos se encontraban las regletas didácticas o regletas de Cuisinaire, aplicables al aprendizaje matemático. Ahí, con 19 añazos, fui corriendo a pedirle ayuda al abuelo. Se sonrió (el abuelo no sabía decir que no, o “más tarde lo hago”) y se puso manos a la obra: las 100 regletas con las medidas requeridas y la caja que las contenía salieron de su pequeño taller, donde siempre había de todo, también madera para regletas didácticas. La pintura corrió por mi parte.

Para los adultos, el abuelo nunca tenía dinero; para nosotros, los nietos, no fue así. Apenas cobraba algún trabajo -era albañil, pero también “arregla-todo”- venía a buscarnos y decía -Cámbiate, que vamos de paseo- y ni siquiera pedía autorización a mi madre; con él no había horarios ni días adecuados, todos los días eran propicios para salir de paseo. El abuelo tenía todo lo que un niño pudiera necesitar: dos manos que no alcanzaban nunca la velocidad de su mente creadora; dos bolsillos llenos de golosinas,  que eran tanto un premio por algún logro cuanto un consuelo por alguna lágrima vertida; la enorme virtud de su infinita disponibilidad, dejando lo que fuere ante nuestro requerimiento; sus canciones, sus cuentos, sus adivinanzas, sus acertijos, sus chistes, y por supuesto su biblioteca.

Dentro de la casa en la que vivía el abuelo, la de mi tía, su habitación era un lugar libre de fronteras; allí entrábamos sin pedir permiso y allí se encontraba su biblioteca. La recuerdo, al principio, alta, tanto como para necesitar una silla para alcanzarla; luego y a medida que fueron corriendo los años, fue más accesible, hasta diría pedagógicamente accesible; su altura se fue reduciendo conforme yo crecía. La temática de los libros de mi abuelo no me permitía alcanzar aquellos que por mi edad consideraría más aburridos o menos interesantes. Sin embargo, novelas de aventuras, policiales,  misterio, crímenes, suspenso, estuvieron entre mis primeras lecturas preadolescentes de libros no exclusivamente para niños. Agatha Christie, Ellery Queen, Alexandre Dumas y algunos otros perdidos en mi memoria, ocupaban el rato que pasaba frente a la biblioteca de mi abuelo. Poco a poco fui mudando el lugar de lectura y  preferí un ambiente más íntimo, o más personal, cuando advertí que los libros podían salir de su espacio y pasear de su casa a la mía.
A mi abuelo le encantaban las novelas de capa y espada, las policiales, las de suspenso, y ese mismo entusiasmo me lo trasvasó en sus recomendaciones y relatos. Era imposible no leer un libro recomendado por el abuelo; sabía generar expectativa y despertar el gusto por la lectura, aunque creo que sin proponérselo: era de esas personas que estimulaban mi pequeño intelecto y mi despierta imaginación con poco que dijera. El abuelo contaba también con libros de hechos históricos, o novelas históricas; esos me apasionan, aún hoy lo siguen haciendo, y trato de, siempre que puedo, acceder a ellos y completar mi enfoque con la versión cinematográfica de los mismos. Ese gusto por la literatura llevada al cine también se lo debo al abuelo.

No recuerdo de manera especial ninguna enseñanza que él dijera, quizás porque el abuelo acompañó a su manera y de la mejor forma que podía hacerlo: con su presencia. Eso hizo que, sin invadirnos, despertara en nosotros cualidades, gustos, talentos, y casi sin darse cuenta acompañara nuestro crecimiento, el mío en particular, alimentando el espíritu, la imaginación, la creatividad y el ejercicio crítico de posicionarse frente a lo que uno cree justo o injusto, frente a la vida.

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2 Respuestas to “Todo lo que me enseñó mi abuelo: una experiencia enriquecedora en mi vida

  • Tener abuelos asi es un tesoro… Los mediadores de lectura más cercanos a los ninos suelen ser los abuelos. En nuestro caso, este fue el unico abuelo o abuela posible. Y tuvimos la suerte de que fuera el mejor: casi un mago para nosotros…

    • Verdaderamente, tener estos abuelos es un tesoro. Somos también por los que fueron en nosotros, los que ayudan a construir nuestra identidad.¡Gracias, Mónica!

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