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¡Viva la Pepa!



Art. 13. Constitución Española 1812

El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación,

puesto que el fin de toda sociedad política no es otro

que el bienestar de los individuos que la componen.

 

Este artículo fue escrito en 2012.
Diez títulos con 384 artículos, que podrían resumirse en uno: procurar la felicidad de los ciudadanos. El grito de júbilo con que los liberales españoles celebraron la proclamación hace 200 años de la Constitución de Cádiz no concuerda con la interpretación peyorativa de ese grito. «¡Viva la Pepa!»* viene a significar hoy una actitud irresponsable, irreflexiva, de anarquía, desorden, vagancia, o de despilfarro.

Siendo una “española de los dos hemisferios” como reza la Pepa, me movió la curiosidad de saber por qué la celebración de este bicentenario es tan importante, cuando del otro lado del charco estudié que la Constitución española de 1812 fue un antecedente  destacado entre todos los que contribuyeron a la independencia de las colonias españolas en América. El territorio de la actual República Argentina no suscribió dicha Constitución: ya estaba hormigueando en los  próceres rioplatenses  la idea de independencia. El año 1812 contemplaba el regreso a su tierra natal de los jóvenes americanos que se educaron en España: José de San Martín y Carlos María de Alvear, entre otros.

Trasladándome en el tiempo y las circunstancias, encuentro que el predominio del absolutismo y las tiranías, las invasiones napoleónicas y las alianzas de conveniencia, contrastaban con la valentía y visión democrática de los legisladores gaditanos. Su progresismo auténtico y su “jugársela” para defender una idea, un concepto innovador de vida, se perfilaba en un texto que es, con todos los honores, el primer código político a tono con el movimiento constitucionalista europeo contemporáneo, novedoso y revolucionario, que establece por primera vez en España: Soberanía Nacional, Separación de Poderes, Derecho de Representación, Libertad de Expresión y de Prensa e Imprenta, Derecho a la Integridad Física, Libertad Personal, Inviolabilidad del Domicilio y Garantías Procesal y Penal. Merece ser leído y reflexionar sobre ello con todo respeto y atención.

El espíritu original de la primera Constitución liberal española se abría paso como un soplo de aire nuevo, como un intento de regeneración del sistema político y una superación del antiguo régimen de la Monarquía absolutista mediante la aprobación de un texto avanzado a su tiempo que instauraba la división de poderes, la soberanía nacional y la representación política. Discutida y aprobada en Cádiz, mientras las tropas francesas napoleónicas bombardeaban la ciudad, la Pepa fue una agradable sorpresa, que reconocía muchas libertades hasta entonces vedadas, pero que se convirtió también a la postre en el ejemplo del fracaso en España del Estado liberal y de las revoluciones burguesas que habían triunfado en Inglaterra, Estados Unidos y Francia. Dado que Fernando VII, Borbón él, no encontró motivo alguno para su vigencia, porque “¿Pueblo soberano? pa’ soberano, yo!”, lo primero que hizo el susodicho al serle reestablecido el trono fue cargarse los anhelos, ideales y despertares de los constituyentes.

A pesar de estos aires revolucionarios, la carta era ambigua con la Monarquía, excluía a sectores de la población y negaba la libertad religiosa. Me parece importante destacar que este estado liberal , de parámetros ultraoceánicos, contaba con el respaldo de la mayor parte de la burguesía criolla americana, partidaria de los cambios autonomistas y no necesariamente de una independencia que implicase la ruptura completa con la Monarquía. Esto en contraposición a la organización de un estado que se aproximase al federalismo, defendido por la otra parte de la joven y revolucionaria sociedad americana. Su ambigüedad radica también en la redacción de varios artículos, entre los que destaco los referidos a la cuestión americana: no convenía a España ceder a los reclamos americanos de un mayor número de provincias: esto aumentaría la cantidad de representantes sobre los peninsulares en las votaciones. Ni tampoco dar los derechos políticos a los mulatos, solo serían reconocidos sus derechos civiles, pero no serían ciudadanos, es decir, serían españoles contribuyentes, por cierto con altísimas tasas, pero no podrían votar.

Dos siglos después, la Constitución de Cádiz me llega como un ejemplo de querer gritar y no poder. Que aquella España fuera capaz de iluminar la realidad con este texto es sorprendente, casi milagroso, ateniéndonos a la época y circunstancias en las que fue escrita, y que gran parte de los españoles la veían como el documento que iniciaba tiempos nuevos, aunque no toda España estaba de acuerdo.

Creo que la cantidad de jornadas, celebraciones y festejos que irrumpen hoy en la tensa relación entre pueblo y gobierno actual, con una monarquía presente en los actos, celebrando una constitución abolida por un pariente lejano, nos invitan a pensar cuáles son los valores que defendemos, cómo nos confunden los dobles sentidos de las palabras, qué modelo de sociedad nos rige, quiénes nos representan, cómo se han distorsionado los conceptos de país, libertad, derechos sociales, civiles, bienestar común. A qué modelo de sociedad se refieren algunos cuando dicen que un “grupito” no puede paralizar el país. Pensar y poner en marcha aquello que sea necesario para lograr de manera concreta lo que reza el artículo 13 en el verdadero y cabal sentido de las palabras: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”.

*Al abolir Fernando VII la Constitución de 1812, quedó prohibido también mencionarla siquiera al grito de “Viva la Constitución!”, considerado subversivo. Los partidarios de dicha carta magna encontraron una forma de referirse a ella sin necesidad de nombrarla. Como fue promulgada el 19 de marzo, día de San José, decidieron bautizarla como “La Pepa” (Pepe, Pepa, nombre cariñoso con el que se conoce a los José y Josefa)

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