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Yo no soy xenófobo, pero…

“Él  no sabía quién era yo, no conocía mi historia y aun así decidió opinar”

Se fue una semana en la que percibí que hacia afuera todo ocurría a un ritmo acelerado y casi sin tiempo para digerirlo, no me daba para escribir pero sí para leer y reflexionar: aunque los medios no lo cuenten, siguen llegando migrantes a las costas mediterráneas y siguen muriendo en alta mar y nadie, salvo las ONG’s, hace nada por ellos; el paro general contra las políticas de un gobierno que en Argentina profundiza las diferencias marcadas a golpe de neoliberalismo que es la raíz ideológica de todos nuestros problemas; el atentado en Estocolmo; el ataque químico sobre inocentes en Siria; la violencia sobre las mujeres que no cesa, el asesinato de Micaela García; la feroz violencia policial ejercida sobre los maestros que intentaban armar una escuela itinerante frente al Congreso argentino para visibilizar sus demandas y la xenofobia, que se expresa a través de la violencia y el odio explícitos pero también de manera más sutil, casi diría microxenofobia, si cabe el término.
Durante esta semana, y a raíz de los hechos, he leído muchos comentarios llenos de odio y desprecio de parte de personas de las que una no espera este tipo de -¿sentimientos?¿enfermedad?- ideología, pero que por alguna razón destilan ese veneno desde la impunidad que ofrecen las redes sociales.

¿Cuántos podemos decir que en nuestra familia no hay migrantes, expatriados, desplazados o refugiados?
La mía particularmente, la familia grande y la que yo he formado, está hecha de mucha gente en constante movimiento migratorio. A veces sin elección, otras por opción, pero todos pasando por el proceso traumático que significa dejar lo conocido, la tierra, la familia y vivir tu propia experiencia de vida, algunos con la idea de retornar, otros en un viaje de ida, sintiéndote en el mejor de los casos ciudadano del mundo y en el peor, extranjero aquí y allá.

Vuelvo a leer en estos días el mismo discurso xenófobo de siempre. A veces abierto y sin tapujos y otras veces, la mayoría, envuelto de “normalidad”, justamente el más difícil de reconocer.
El miedo al diferente que va desde el desprecio e invisibilización, hasta la agresión física, pasando por el convencimiento de que somos superiores, y de que son “ellos” los que deben cambiar y ser como “nosotros”, renunciando a su cultura si quieren que los aceptemos, ése es fácil de detectar.
El que es difícil de reconocer es el miedo a la propia extranjeridad, ése por el que una persona que no se considera xenófoba ni racista le resulta difícil reconocerse en el otro, ese miedo de aquel que ve a un inmigrante antes que a una persona con sus mismas necesidades y aspiraciones.

“La xenofobia no deja de ser una distorsión en la percepción de la realidad, que nos hace sobrevalorar nuestra cultura, nuestra etnia y nuestras costumbres por sobre las demás. Y como toda distorsión psicológica –del mismo modo que operan la anorexia y la vigorexia, por ejemplo- el xenófobo no se acepta como tal, ya que no es consciente de su alteración en la percepción de la realidad.” (María Claudia Cambi)

Yo no soy xenófobo, pero…  no sé que hacen aquí, no se integran, comen cosas raras, se llevan las ayudas, cobran los subsidios, nos quitan el trabajo… y encima protestan.

… y encima protestan

El 30 de marzo pasado se llevó a cabo en Argentina el Primer Paro Nacional de Migrantes, bajo la consigna “migrar no es un delito, es un derecho humano”, en protesta por el recrudecimiento de las políticas restrictivas para el ingreso al país y las deportaciones. Los argumentos invocados por el Poder Ejecutivo para fundamentar la urgencia de este decreto asocian fuertemente a la migración con la inseguridad, presentando como pruebas estadísticas falaces y poniendo en circulación discursos que fomentan la xenofobia y estigmatización. Y enseguida saltaron los comentarios de odio al extranjero de aquellos que repiten sin pensar un mensaje que les viene masticado: “Si no te gusta cómo te trata este país, regresa al tuyo”
El xenófobo no ve una persona, ve un extranjero, ve un inmigrante. Donde hay un trabajador como él, ve un inmigrante que amenaza su empleo. Donde hay un emprendedor, ve un inmigrante al que seguro han ayudado más que a él. Donde hay un paciente, ve un extranjero que abusa de la sanidad pública. Su enfermedad consiste precisamente en no ver a la persona, y ver sólo la amenaza del diferente: “Si no te gusta cómo te trata este país, regresa al tuyo”.
El 16 de febrero último tuvo lugar en Estados Unidos “Un día sin inmigrantes” a través del cual la comunidad hispana hizo un llamado de atención sobre las políticas migratorias del Presidente Donald Trump, así como sus comentarios anti inmigrante, específicamente hacia los mexicanos. La consigna fue “No ir a trabajar, no abrir nuestros negocios, no comprar en tiendas ni por internet, no comer en restaurantes, no comprar gasolina, no ir a clases ni mandar a los niños al colegio” para evidenciar la relevancia de los inmigrantes en la economía estadounidense.

En medio de las crisis económicas y sociales fuertes se utilizan diversos chivos expiatorios para distraer el foco de atención y culpabilizar a otro y sin duda los inmigrantes son en cualquier sociedad, blanco fácil, por eso hay que visibilizar la fuerza y la participación que tienen en la sociedad, tanto en la economía como en la vida de la comunidad.

En España  y  en Europa en general, crecieron  mucho el racismo, la xenofobia y el fascismo, producto de tres crisis o de tres caras de un gran colapso: “Una crisis SOCIAL que produce grandes bolsas de exclusión social, el abandono del sur y los cambios radicales de los países del este que provocan un incremento de presión migratoria, produciendo notorias bolsas de marginación. Una crisis del ESTADO DE BIENESTAR que conlleva unos recortes sociales en unos momentos donde los más desfavorecidos y marginados reclaman atención solidaria, difícil de obtener de otra manera y mucho menos del mercado en sociedades duales. Y una crisis de PROYECTO, manifestada por la ausencia de perspectivas claras ante el desmantelamiento de las doctrinas ideológicas redentoristas que han dominado el pensamiento hasta ahora” (Movimiento contra la Intolerancia).

En este caldo se cuecen el individualismo consumista, el cansancio democrático frente a la corrupción enquistada en el sistema, la inmovilidad de un pueblo acostumbrado al “mientras no me toque a mí…” y todo esto da como resultado un panorama bastante preocupante, donde la intolerancia encuentra su lugar y varios grupos minoritarios a los que discriminar, segregar, marginar y en consecuencia, atribuirles una diferencia que los hace inferiores y/o peligrosos.

 

“Mami, ¿yo soy un inmigrante?”

La Coordinadora Anti Represión Región de Murcia ha recibido una carta anónima de una madre en la que cuenta lo que le ocurrió el pasado sábado, 4 de marzo, cuando fue a hacer la compra con su hijo de 9 años a un supermercado de la capital murciana, en cuya puerta miembros del colectivo de extrema derecha ‘Lo Nuestro’, de clara ideología xenófoba, repartía alimentos sólo a españoles necesitados, negándoselos a inmigrantes. Una práctica que viene realizando desde hace meses en varios lugares del centro de Murcia.

 

“Una puede pensar que la educación está en todas partes y que nuestros hijos e hijas son esponjitas veinticuatro horas al día. Y, efectivamente, así es. Esta mañana fui al Súper Dumbo que hay cerca de la Cárcel Vieja de Murcia a comprar con mi hijo unas cosas y me encontré en la puerta con una vecina con la que me puse a charlar unos minutillos. Hasta aquí todo bien y normal. 

Lo raro empezó cuando me despedí de mi vecina y busqué en el aire la mano de mi hijo para entrar en el supermercado: “Mami, ¿yo soy un inmigrante?” Me quedé en blanco un segundo mirando la cara de mi hijo antes de decir: “Por qué dices eso, cariño”. El nene no me supo contestar pero me señaló una mesa cubierta con una bandera de España con comida que unos zagalones tenían desplegada en la puerta del Súper Dumbo. 

Al preguntarles que aquello qué era, me explicaron muy amables que hacen una “obra social” no para los inmigrantes sino sólo para los españoles que “lo están pasando mal y que nadie les ayuda”. Cogí a mi hijo de la mano y entré deprisa a hacer mis compras sin coger el papelito que me ofrecían (donde imagino que explicaban todo) y sin decir nada. Me dieron miedo. Me dio miedo eso de “sólo los españoles” porque me sonó a facha. Y ya sé que la bandera de España es de todos pero ese discurso me parece muy peligroso. 

No me gusta nada que haya gente justificando el racismo en las puertas de los supermercados donde voy con mi hijo a comprar mis cosas. No sé por qué están ahí. No sé por qué se ponen ahí y no sé por qué tienen que hablar con mi hijo de 9 años. Mi hijo va a una escuela pública y hay un niño chino en su clase, dos niños marroquíes y una niña senegalesa. Son todos amigos, juegan juntos, se relacionan, se cuidan, se respetan y no saben qué significa ser chino, ni marroquí, ni senegalés, ni español porque los niños no entienden de fronteras. 

Mi hijo nunca dijo “inmigrante” hasta esta mañana ni supo de ningún tipo de diferencias ni mucho menos de discriminación. No quiero que mi hijo crezca pensando que hay gente que “no tendría que estar aquí”, o “que por no ser de aquí” tenga derecho a menos. Los programas educativos de los colegios públicos tratan la diversidad y educan en la multiculturalidad. El colegio de mi hijo promueve actividades de convivencia y compañerismo. En el día a día de la clase se fomentan valores de respeto y tolerancia. No se educa en la exclusión, el rechazo, la diferencia o en el discurso de “el otro”. 

Pienso en cómo está la situación económica en España y pienso que quizás mi hijo de mayor tenga que salir fuera a buscarse un futuro y pienso en otras mesas con banderas en las puertas de otros supermercados en otros países donde quizás mi hijo sea “el que viene de fuera” y me parece que no es ese el mundo que quiero construir para mi hijo ni para nadie.

Al llegar a casa no podía quitármelo de la cabeza y he estado buscando en internet. He visto hasta fotos de los mismos chicos que estaban en la mesa esta mañana y me ha dado más miedo todavía. Parece que son una especie de organización que se llama ‘Lo Nuestro’ y que tienen esa “misión”: dar de comer a los españoles, hablar mal de los inmigrantes en su facebook y en los papeles que reparten y (mal)educar a nuestros hijos a las puertas de los supermercados.

No sé qué puede hacer una madre con todo esto. Me ha parecido que a lo mejor escribir sobre lo que me ha pasado puede hacer que alguien haga algo y no los dejen ponerse ahí más. ¿Se puede llamar a la Policía en estos casos? ¿Lo hablo por el grupo de wasap de madres y padres a ver ellos qué piensan? ¿La comida que estaban repartiendo era de ese supermercado? ¿Pueden los políticos hacer algo? Yo no sé de política pero si los veo en la puerta otra vez, no entro.

Escrito por una madre cualquiera” 

 

“Si no te gusta cómo te trata este país, regresa al tuyo”

Quería hacer hincapié en la microxenofobia (no sé si existe este término) y me fui a lo más obvio, pero volviendo al tema de aquellos que no se reconocen como xenófobos pero mantienen un discurso que lo es, no les hace falta más que moverse en un clima generado por una ideología y políticas gubernamentales para nada inocentes que buscan esa respuesta y   aprovechar una diferencia real -color de piel, cultura, religión, ideología, aspecto físico, idioma…- o bien inventársela y ya tienen a quienes culpabilizar, despreciar, detestar, expulsar o agredir, sin que importe demasiado con qué excusa.
Creo que debemos pensar el modo de superar los conflictos entre la libertad de expresión y los derechos de los más vulnerables. Porque de eso se trata, de defender los derechos de quienes son socialmente más vulnerables y por eso se encuentran a merced de los socialmente más poderosos.
Para que luego no sueltes sin pensar palabras bonitas como igualdad, paz, convivencia, libertad, derechos, o “tiremos todos juntos para el mismo lado”, que en tu boca suenan a hueco.

-¿Tú toleras a la gente diferente?
-No, no la tolero por que se toleran las cosas que te dan por culo, y a mí la gente diferente me gusta.

2 Respuestas to “Yo no soy xenófobo, pero…

  • Me quedé pensando muchas cosas con tu nota… dónde se nos cuela la xenofobia “chiquita” e invisible… Estremece pensar el mundo chiquito y para pocos que algunos pretenden…

    • Creo que sucede lo mismo que con los micromachismos, esas frases y actos que están tan incorporados en nosotros que llevará mucho tiempo desaprenderlos.

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